Hace unos días recibí la visita más inesperada, (des) agradable y tormentosa de mi vida. Esa persona que tenía olvidada en alguna gaveta de un mueble antiguo de mi casa de infancia, que siempre que me encuentro me da uno de esos suspiros de espanto, como de película de terror y que de sólo escuchar su voz me pongo tan preocupada como cuando repito un atuendo: mi madre estaba de visita.
Ella llegó de improviso a la casa, sin preguntar si una estaba de gira por el mundo o si es que tenía cita con es Spa o la terapia de compras obligada de cada fin de semana, diciendo "que está sucio esto, qué mal te queda esto otro, ¿a eso le llamas renovar los muebles?, ¿crees que eso es chic o bien combinado?, ¿quién te dijo que el maximalismo volvió?", entre un montón de otros "consejos" que expulsaba la susodicha progenitora.
Pero no le bastaron las criticas. Ella fue más allá y se hizo la invitada por el fin de semana, para poder asistir al matrimonio de Mili -una de mis primas que me odia por haberle ganado a un jovencito en la educación media, que obviamente no me invitó a la celebración-, la que se casaba el sábado y que le pidió por favor que asistiera al magno evento.
Con mi cara de "te quiero porque eres mi mamá, pero para eso hay hoteles" la miré fijamente y salió con su bendita frase, la que uno no puede criticar. "Te hice una niña de bien, el colegio de monjas francesas, la universidad privada, el gasto de tus lujos mientras estudiabas, las vacaciones en el extranjero, tus primeros consejos de maquillaje, las Miss 17, quien te inició en as ofertas..." Con ese discurso no había más qué decir.
El weekend fue brutal. Las celebraciones que tenía planificadas con mis amigas, los tea party convocados y esa bendita escapada con uno de la recuperada agenda se esfumaron por la culpa del climaterio de Ella. Yo lo único que quería era despertar de esa pesadilla de los 15 años, cuando debía pedir permiso para todo y Ella estaba encima mío, queriendo vivir por mí cada una de las aventuras tipo Gossip Gilrs en las que me inmiscuía.
La noche llegaba y tuve que llevarla a comer su restaurante favorito, pero antes el retoque del maquillaje así que le pasé mis maletas llenas de productos de última moda, pero justo Ella vio el lápiz labial más antiguo que había y dijo "esto es de la temporada pasada, qué decepción".
La cena fue tranquila, ya que los mozos la conocen tan bien que el único problema lo tuvo cuando hubo que pagar al cuenta y me miró fijamente, "yo pago la cuenta. Sé que no elegiste la mejor carrera, pero dices ser feliz. Yo me encargo de este gustito, pero tú serás mi chofer mañana en el matrimonio, pero trata que no te vea Mili. Aún se acuerda de ese novio imaginario que le robaste".
El día del matrimonio no da ni para contarlo, fui tratada como una vulgar conductora de radiotaxi, que se tuvo que ocultar en su vestido Chanel (por si me invitaban de cortesía), el peinado de tres horas y las uñas a de lo más top, lo que no se ocupó más que en el barcito de un hotel del sector más top de la ciudad. Varios margaritas después, me tocó ir a buscar a Ella, quien ya se había retirado, porque encontró todo muy corriente para el Marc Jacobs que lucía y la cartera Ferragamo vintage y las joyas Tous compradas par la ocasión.
Ya el domingo, bendito día en el que Ella se retiraba al hogar paterno (pero que dejó a su nombre en el matrimonio con bienes separados, al igual que la mitad de las cosas), se levantó, preparó el desayuno me lo llevó a la cama con dos pastillas y me dijo "ya me voy, llamé al automóvil. Sé que estás cansada y con cara de margaritas, así que descansa. Ah y dos cosa: te quiero mucho, pero no por eso voy a dejar que te quedes solterona, para eso hay conventos. Si quieres pasar tu vida sin nadie, hazte monja, a ver si te cambian el gusto este de decoración y la haces minimalista. Y tantos hombres que te llaman en la mañana ¿tantos desayunos tienes? No creo que sean de trabajo... No sé cuando vuelva, pero recuerda que siempre seré parte de tu vida, así como tu lo fuiste 9 meses de mi vientre y los otros 17 hasta que te fuiste a la U. Besos, bye. Y te dejé un labial nuevo, para que botes esa barbaridad con color para meretriz".
Ella cruzó el umbral, con parte de mi ira y de mi rabia y con parte de un corazón, que le tiene tanta rabia que le regalará puros claveles en el día de la madre y en papel celofán, llevados por un cartero, no por el servicio de entrega.
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